30 de Septiembre: una mirada interna desde afuera
Un evento social tendrá tantas interpretaciones como cuantos actores estén involucrados en él. Cada uno aprehenderá tal evento de acuerdo a un conjunto de conceptos previamente estructurados. El acceso a la información, o mejor a los datos objetivos, también entra en juego, generalmente como un limitante para la interpretación de los eventos sociales. Lo es, mucho más, al estar separado por un océano de distancia y seis horas de desfase horario. Sin embargo, una “mirada interna”, es decir desde el punto de vista de un ecuatoriano, pero “desde afuera”, en el contexto coyuntural de una estadía internacional, me permite brindar otra, de esas tantas, interpretaciones de los eventos ocurridos en un día no tan común para el Ecuador y que no será –o no debería ser- fácilmente olvidado.
Se trata de los eventos ocurridos el 30 de septiembre y la madrugada del primero de octubre del 2010 en Ecuador. Protesta, sublevación, gases lacrimógenos, balas, francotiradores, autos blindados sangre, vida, todo esto y más estuvo en juego durante horas que difícilmente llegaremos a ponderar quienes no estuvimos allí. Horas de tensión que no son una ruptura con el pasado, sino más bien el reflejo de una ingobernabilidad que, por momentos, se la creía –o se la esperaba- superada. No se trata, tampoco, de una fiel repetición de hechos históricos pasados, nuevos actores y un nuevo desenlace diferenciaría este evento de otros similares en el pasado. En efecto, esta vez el desenlace favoreció a quien ejercía el poder ¿El triunfador? ¿Se puede hablar de triunfadores? Si no triunfo nadie ¿Qué enseñanzas nos deja para el futuro?
Lo nuevo y lo viejo
Para los ecuatorianos hablar de “Golpe de Estado” no es nuevo. Sin ir más atrás del período de la llamada “Nueva Democracia” Ecuador ha vivido ya varios eventos violentos que han terminado anticipadamente con el período del mandatario en curso. El que más fresco está en el recuerdo social ecuatoriano es el de Lucio Gutiérrez, durante el cual el actual presidente, Rafael Correa –en ese entonces muy poco conocido-, participó activamente. Hablar de un “Golpe de Estado” entonces es un concepto que aflora rápidamente al ver intentos de atentados contra la seguridad de alguna de las funciones del Estado o de sus representantes.
Un atentado contra la seguridad del Presidente rápidamente fue interpretado como un “Golpe de Estado”, como otro más, de esos tantos ocurridos en los últimos años. Análisis posteriores ponen en duda que el objetivo de la “protesta” inicial de la Policía haya tenido tal objetivo y en si que todos los eventos del día deban ser considerados como un intento de golpe de Estado. Se trataría, dicen, de una legítima protesta de los miembros de la Policía.
Sin poder conocer los alcances de la protesta policial (si querían o no llegar a destituir –o incluso matar- al Presidente), el discurso de otros actores permite conocer las “soluciones” planteadas. Lucio Gutiérrez, desde Brasil, hablaba del llamado a nuevas elecciones. Justamente él, había sido señalado por Rafael Correa como uno de los mentalizadores de la sublevación policial. El Presidente basaba tal afirmación a la respuesta dada por los policías manifestantes al ser preguntados por quien era el gobierno que mejor había tratado a la Policía: ellos habían respondido “Gutiérrez”. Según el análisis del Presidente, así se demostraría “claramente” que Gutiérrez estaría atrás de tal conspiración. Si bien, la percepción del bienestar policial no debería ser considerada como un elemento para inculpar a alguien sobre un delito, las propias declaraciones de Gutiérrez muestran sus intenciones, que no se alejan mucho de sus inicios en la política. Recordando que su emergencia como actor político también se dan en un contexto similar de golpe de Estado, en contra de Jamil Mahuad.
Si, en inicio, se puede poner en duda el intento de Golpe de Estado por parte de los policías, el desarrollo de los eventos es claro en mostrar una escalada de la violencia, que termina con 274 heridos y ocho muertos, OCHO MUERTOS. En términos judiciales los eventos del 30 de septiembre deben ser juzgados como asesinato.
Sin querer encontrar paralelismos con anteriores eventos, recordamos que durante las protestas que terminaron con el mandato del ex presidente Gutiérrez murió un fotógrafo mientras ejercía su labor. Había muerto por problemas respiratorios tras el abundante uso de gases lacrimógenos por parte de la Policía para reprimir las protestas. Hay quienes vieron en esta muerte un hecho fortuito, casi “mala suerte” del fotógrafo que sufrió la peor parte de una profesión arriesgada en un evento peligroso que “enfrentaba” la fuerza policial y los forajidos. Los primeros tenían como misión resguardar el orden establecido, utilizaban gases lacrimógenos, toletes, trucu-trucu, etc.; los segundos, querían un cambio de Gobierno para lo que se apoyaban de sus cantos, pancartas, silbatos y sobre todo su voluntad. Se trataba, entonces, de algo relativamente común: la fuerza policial contra los protestantes.
Durante el evento en cuestión, del 30 de noviembre, el cambio en el rol de la Policía Nacional es, sin duda, una de las mayores novedades. Dejaron de ser los “garantes del orden” para ser un actor político-gremial más. En efecto, protestaban por la pérdida, o supuesta pérdida, de beneficios que acarrearía una Ley que estaba por ser aprobada en la Asamblea Nacional. Los efectos de la gremialización política de una Institución fundamental para la cumplimentación de las funciones del Estado son mayores. La organización de la sociedad en Estados tiene como un objetivo fundamental el establecimiento del orden, para la cual se dota de instituciones como las policiales como garantes del funcionamiento de la sociedad y el respeto a la Ley. En ausencia de tal Institución ciertas áreas geográficas se volvieron un caos completo. Se han dado saqueos y robos: sin la Policía algunas áreas han sido “tierra de nadie”. Es grave, pues implica la necesidad vital de una Institución que vigile el cumplimiento de las normas sociales por parte de los ciudadanos; es decir, la ausencia de tal Institución ha mostrado el poco respeto a la vida en sociedad por parte de varios ciudadanos. Recordando así el fracaso de otra función de un Estado que no ha sido capaz de formar en su pueblo el respeto al convivir en sociedad.
Por otra parte, la gremialización política de la Policía ha implicado el uso de las herramientas para el control del orden social en el sentido contrario. Si en más de una vez en la historia reciente ecuatoriana la fuerza policial ha sido utilizada en contra del pueblo, parece una novedad, en esta ocasión, que haya sido respondida por el Ejército Nacional y por una parte de la misma Policía. Se trató de dos fuerzas transformando el paisaje urbano de la capital de la República en un área de guerra. Durante varios minutos la vida de muchos estuvo en juego. A juicio de varios, es uno de los eventos más violentos y de mayor riesgo que ha vivido la historia reciente ecuatoriana.
Un rescate sumamente arriesgado, “hollywoodense” según algunos, daría fin a una jornada en la que nada salió como lo planeado ni imaginado por nadie. Hollywoodense por la pericia de quienes actuaron en el rescate, que recordó las escenas más arriesgadas de películas de guerra, y por el hecho de haber sido presentado a manera de un show mediático, que rápidamente había sido monopolizado por el gobierno, bajo la estrategia de control de la información que circulaba durante esas tensas horas.
Felicitando a los triunfadores
Si los Golpes de Estado ecuatorianos históricamente han sido relativamente efectivos, el 30 de septiembre los protestantes no fueron capaces de cumplir sus objetivos. Incluso, si los policías sólo planteaban modificaciones en dicha Ley, las acciones tomadas no tuvieron éxito. La estrategia desde el inicio parecería ser equivocada, tomando en cuenta que el trámite de la Ley estaba en la Asamblea y no en el Ejecutivo. Tal vez no lo era tanto, tomando en cuenta el poder del Presidente sobre los asambleístas de su movimiento político.
Si los protestantes no tuvieron éxito ¿éste le correspondería al poder constituido? Evidentemente no. Un evento en el que se ha puesto en riesgo la vida de tantas personas, en la que se ha derramado sangre ecuatoriana, en la que se ha mostrado lo peor de ciertos sectores sociales ecuatorianos, en el que ha emergido una nueva faceta de ingobernabilidad no puede constituir una victoria para ningún ecuatoriano comprometido con el bienestar de su país.
La tentativa de asesinato sobre una persona no lo debe constituir en un héroe. Si bien es cierto que un cambio “revolucionario” siempre encontrará fuertes resistencias apoyadas por los poderes hegemónicos a nivel mundial, ejemplos de los cuales los podemos encontrar fácilmente en la historia latinoamericana. El caso en cuestión parecería que no debe ser ubicado como tal. Se trataría más bien de una protesta (originada muy probablemente en la ignorancia sobre lo propuesto en la Ley) mal manejada. De una parte, la Policía no tiene medios de negociación política (no tiene por qué tenerlos), por otra, la intolerancia a opiniones y un mal manejo de crisis han resultado en tales eventos, de los que nadie puede jactarse como triunfador… ah sí, hay un triunfador: los fabricantes de municiones.
30 de septiembre nunca más
Día oscuro en la historia ecuatoriana, que no servirá de nada si no sacamos enseñanzas. Más allá del evento en específico, de los nombres de los actores, queda claro que la gobernabilidad del Ecuador está lejos de ser un objetivo acabado. La débil capacidad del Estado ecuatoriano para cumplir sus funciones, reflejada en el caos social provocado por la ausencia de la Policía, reactualiza la pregunta sobre la coherencia y cohesión de la construcción del Estado ecuatoriano. Si bien Ecuador pertenece a la primera ola de formación de Estados nacionales, su grado de acabamiento permanece todavía como una interrogante, más aún, ahora, al apostar por la estructuración de un Estado plurinacional.
Si por una parte la multiplicación de opiniones diversas, diferentes e incluso contrapuestas entre los actores es vital para la sociedad, el choque fuera de cualquier normativa jurídica, yendo incluso más allá de los Derechos Humanos, será siempre condenable. Una persona no puede ser retenida en contra de su voluntad, no hay justificación. El uso de las armas no puede ser tolerado, mucho menos para la resolución de problemas políticos. La violencia y la muerte no puede ser parte de un proyecto político.